Para Tucumán Central, la final del ascenso al Federal A empezó a oler a tragedia desde el pitazo inicial. No por falta de actitud ni de coraje, sino porque el fútbol, caprichoso y cruel, suele inclinarse por ese factor invisible que decide destinos.
A los siete minutos, el estadio de la Liga Catamarqueña contuvo la respiración: Bruno Medina quedó solo frente a Santiago Moyano, el arco abierto, el sueño servido… y Mario Gribaudo la despejó en la línea. La primera señal de que la noche no sería simple. 20 minutos después llegó el golpe verdadero: un descuido, uno apenas, y Juan Bonet no perdonó tras una segunda pelota que Central no logró despejar. El ascenso parecía teñirse de azul y estaba más cerca de Córdoba que de Tucumán. El “Rojo” corría detrás de la sombra de la mala fortuna, como si cada rebote tuviera dueño ajeno. Desde la tribuna tucumana, las manos se apoyaban en la cabeza y el murmullo empezaba a transformarse en inquietud. Hasta que, cuando el desierto ya era costumbre, llegó el minuto 88. Centro al área, rebote corto, desvío involuntario. Gol en contra de Matías Francucci. Un 1-1 inesperado, un oasis en medio de la resignación.
Los jugadores se abrazaron con más alivio que euforia, mientras en un rincón del estadio algunos hinchas se llevaban las manos al rostro, incrédulos ante esa vida extra. Pero la tensión no se evaporó: se trasladó a los penales, donde el silencio pesa más que los gritos y cada paso hacia el punto blanco suena como un eco. Y entonces apareció Daniel Moyano, el mismo héroe de Perico frente a Talleres, no para atajar una pelota sino para sostener la calma. Porque hay noches en las que no alcanza con jugar: hay que resistir. Y Tucumán Central resistió hasta lograr un triunfo 5-4 en los penales.
Moyano era el sostén. Se notaba en cada gesto técnico: jugaba adelantado, ordenaba con la voz firme, transmitía confianza. El gol de Bonet había sido una circunstancia puntual, una acción que desniveló un trámite parejo. Pero el arquero no perdió compostura. Casi sobre el final, cuando el marcador continuaba 1-0 para los cordobeses, achicó con decisión ante Julián Garbino y ganó el mano a mano que mantuvo el partido abierto. No fue una atajada espectacular para la foto: fue una intervención oportuna, de esas que prolongan la fe unos minutos más.
El empate terminó de confirmar que la historia todavía estaba en disputa. El “Rojo” había sufrido, había corrido detrás del marcador, pero seguía de pie.
Los penales volvieron a poner a Moyano en el centro de la escena. Caminaba al borde del área para ordenar la respiración. Miraba al piso, levantaba la vista, volvía a caminar. Del otro lado, los ejecutantes evitaban cruzar miradas. Primer penal: se lanzó hacia la derecha, pero Maximiliano Ponce convirtió. El segundo repitió la fórmula y Francucci anotó. La efectividad de Carlos Juárez y Patricio Krupoviesa sostenían la ilusión de Tucumán Central.
El tercer disparo cambió el clima: Diego Velardez remató y Santiago Moyano lo atajó. El banco de Tucumán Central quedó inmóvil, como congelado por un segundo. El duelo entre arqueros estaba planteado. Daniel Moyano respondió con categoría y le tapó el remate a Kevin Martínez, devolviendo la igualdad emocional. Era golpe por golpe, piña tras piña.
La lucha continuó. El Moyano cordobés le atajó a Nelson Martínez Llanos. Luego tomó la pelota para ejecutar, pero el “Moyano rojo” volvió a imponerse y sostuvo el empate con una reacción firme abajo. Franco Barrera puso en ventaja a Tucumán Central con un remate seguro. Francisco García convirtió tras la repetición por adelantamiento en la atajada previa que había desatado reclamos por parte de las tribunas y un grito ahogado en la tribuna de Villa Alem. El triunfo parecía escurrirse de las manos por una decisión arbitral. El margen era mínimo.
Felipe Estrada asumió el penal más pesado y lo picó con frialdad, una anestesia perfecta en medio del vértigo. Algunos compañeros ni siquiera miraron el trayecto de la pelota. Todo quedaba en los pies de Facundo Quiroga. El remate buscó asegurar, pero se fue por encima del travesaño.
No hizo falta otra atajada. Los suplentes invadieron el campo antes de que la pelota terminara de caer detrás del arco. En la tribuna, el llanto reemplazó al silencio. Tucumán Central dejó atrás la amenaza de una noche torcida, resistió cuando parecía vencido y transformó el miedo en carácter. Después de tanto sufrimiento, el “Rojo” conquistó su lugar y ahora podrá caminar el Federal A con la certeza de que no fue una concesión del azar, sino la consecuencia de haberse mantenido firme cuando todo parecía inclinarse en contra.